martes, 9 de julio de 2013

SOMOS RESPONSABLES DE NUESTROS SUFRIMIENTOS


Disertación efectuada por el Dr. Edward Bach en Southport, febrero de 1931

Venir esta tarde a dar esta disertación no ha sido para mí nada fácil. Ustedes son miembros de una asociación médica, y yo he venido como médico: sin embargo la medicina de la quiero hablar está tan lejos del parecer ortodoxo de hoy, que hace que haya poco en esta hoja de papel que tenga que ver con el olor del consultorio privado o del hospital, tales como los conocemos al presente.

Si ustedes, como seguidores de Hahnemann, no se hubieran adelantado enormemente a los que predican las enseñanzas de Galeno, y la medicina ortodoxa de los últimos dos mil años, tendría bastante miedo de hablar de este tema. Pero las enseñanzas de su gran Maestro y de sus seguidores han arrojado tanta luz sobre la naturaleza de la enfermedad, y allanado el camino que conduce a la curación correcta, que estoy seguro de que están preparados para acompañarme un trecho más en ese camino, y contemplar aún más las glorias de la perfecta salud, y la verdadera naturaleza de la enfermedad y la curación. La inspiración de Hahnemann hizo que la humanidad pudiera ver la luz en la oscuridad del materialismo, cuando el hombre había llegado ya tan lejos que consideraba a la enfermedad como un problema puramente material que tan sólo podía ser curado por medios materiales. El, como Paracelso, sabía que si nuestros aspectos espirituales y mentales están en armonía, la enfermedad no puede existir: y se dedicó a buscar remedios con que tratar a nuestras mentes, trayéndonos de este modo la paz y la salud. Hahnemann realizó un gran progreso y nos hizo avanzar un buen trecho en el camino, pero disponía sólo de una vida para realizar su obra, por eso nos toca a nosotros continuar sus investigaciones donde las dejó: y añadir más a la estructura de la perfecta curación, cuyos fundamentos ya había creado, y tan dignamente había empezado la construcción. El homeópata ya ha dejado de lado muchos de los aspectos innecesarios y poco importantes de la medicina ortodoxa, pero aún tiene que avanzar más. Yo sé que ustedes desean ir más adelante, ya que ni el conocimiento del pasado ni del presente es suficiente para el que busca la verdad. Paracelso y Hahnemann nos enseñan a no prestar demasiada atención a los detalles de la enfermedad, sino a tratar la personalidad, al hombre interno, sabiendo que si nuestras naturalezas espiritual y mental están en armonía la enfermedad desaparece.

El gran fundamento de su edificio es la enseñanza fundamental que debemos continuar. Lo siguiente que percibió Hahnemann fue cómo producir esa armoa, y encontró que entre las drogas y remedios de la vieja escuela, y entre los elementos y plantas que seleccionaba, podía invertir su acción por medio de la potentización, (en homeopatía se denomina potentizadón o dinamización al doble proceso de dilución y agitación (o sucusión) al que se somete a un medicamento para aumentar su potencia energética. [T.]), de modo que la misma sustancia que daba lugar al envenenamiento y los síntomas de la enfermedad podía -en mínimas cantidades- curar aquellos síntomas particulares cuando eran preparadas por este método especial. Así formuló la ley que dice lo semejante cura lo semejante [similia similibus curantur]: otro gran principio fundamental de la vida. Y nos de continuar la edificación del templo, cuyos primeros planos le haan sido revelados. Si seguimos en esta línea de pensamiento, la primera gran conclusión a la que llegamos es que la enfermedad es ese mismo lo semejante cura lo semejante: ya que la enfermedad es el resultado de una actividad errónea. Es la consecuencia natural de la desarmonía entre nuestros cuerpos y nuestras Almas: es lo semejante cura lo semejante porque es la enfermedad misma la que detiene e impide que nuestro comportamiento erróneo llegue demasiado lejos, y, al mismo tiempo, es una lección que nos enseña a corregir nuestra dirección y armonizar nuestras vidas con los dictados de nuestra Alma. La enfermedad es el resultado de una forma errónea de pensar y actuar, y desaparecerá cuando la pongamos en orden. Cuando la lección del dolor, el sufrimiento y el pesar esté aprendida, la enfermedad desaparecerá automáticamente porque ya no tendrá sentido su presencia. Esto es lo que Hahnemann, de forma incompleta, quería decir con lo semejante cura lo semejante.


AVANCEMOS OTRO TRECHO EN EL CAMINO

Una nueva y gloriosa perspectiva se abre ante nosotros, y aquí vemos que la curación verdadera puede ser obtenida, pero no apartando lo equivocado con lo equivocado, sino reemplazando lo equivocado por lo correcto: lo bueno sustituye a lo malo, la luz reemplaza a la oscuridad.

Llegamos a a comprender que ya no debemos combatir la enfermedad con la enfermedad: ya no podemos oponer a la enfermedad productos de la enfermedad; ya no podemos intentar apartar las enfermedades con las sustancias que las causan. Por el contrario, resaltemos la virtud opuesta que eliminará el error. La farmacopea del futuro cercano contendrá sólo aquellos remedios que tienen el poder sacar lo bueno, eliminando todos aquellos cuya única cualidad es oponerse a lo malo.

Es cierto que el odio puede ser conquistado con un odio aun mayor, pero sólo puede ser curado por el amor; la crueldad puede ser prevenida con una crueldad aún mayor, pero sólo es eliminada cuando se han desarrollado las cualidades de compasión y piedad; un miedo puede desaparecer y eliminarse en presencia de otro aún mayor, pero la cura verdadera de todos los miedos es el valor perfecto. Y, por este motivo nosotros, los que pertenecemos a esta escuela de medicina, debemos concentrar nuestra atención en estos maravillosos remedios que han sido colocados por Dios en la naturaleza para nuestra curación, entre los que se encuentran las benéficas y exquisitas plantas e hierbas del campo. Es obvio y fundamentalmente erróneo decir que lo semejante cura lo semejante.

Hahnemann tenía una concepción de la verdad bastante correcta, pero la expre de un modo incompleto.  Lo  semejante  puede  fortalecer  a  lo  semejante,  lo  semejante  puedrepeler  a  lo semejante,  pero  en  la  curación  verdadera  lo  semejante  no  puede  curar  a  lo  semejante.  Si escuchamos las enseñanzas de Krishna, Buda o Cristo, veremos que siempre se dice que lo bueno vence a lo malo. Cristo enseñó que no nos resistamos al enemigo, que amemos al enemigo y bendigamos a quien nos persigue... no existe lo similar cura lo similar. Y así, en la verdadera cura- ción, y también en todo avance espiritual, debemos siempre buscar el bien que aparte el mal, el amor que conquiste el odio y la luz que disperse la oscuridad. Debemos evitar todos los venenos, todo lo dañino, y utilizar sólo los remedios directamente buenos y beneficiosos. Sin ninguna duda, Hahnemann se esforzó en transformar, a través de su método de potentización, lo erróneo en correcto, lo venenoso en virtud, pero es mucho más simple y directo utilizar los remedios que benefician y hacen bien. La curación, por encima de todas las cosas y leyes materiales, es de origen Divino, no está atada a nuestros convencionalismos o patrones comunes. Por tanto, debemos elevar nuestros  ideales,  pensamientos  y aspiraciones  a  esos  gloriosos  y  soberbios  dominios  que  nos enseñaron y mostraron los Grandes Maestros. No se piense ni por un momento que esto es una crítica a la obra de Hahnemann; por el contrario, él indicó las leyes fundamentales, las bases; pero sólo disponía de una vida, y si hubiera podido habría llegado a estos mismos resultados. Nosotros sólo hemos continuado su obra, llevándola hasta la siguiente etapa natural. Consideremos ahora por qué  la  medicina  debe  cambiar  inevitablemente.  Lciencia  de  los  últimos  dos  mil  años  ha considerado a la enfermedad un factor material que puede ser eliminada por medios materiales: esto, por supuesto, es absolutamente falso. La enfermedad del cuerpo, tal y como la conocemos, es un resultado, un producto final, una primera etapa de algo mucho más profundo. El origen de la enfermedad está por encima del plano físico, cerca del mental. Es por entero el resultado de un conflicto  entre  nuestro  yo  espiritual  y  nuestro  yo  mortal.  En  tanto  éstos  estén  en  armonía, gozaremos de salud perfecta: pero cuando estén en discordia aparecerá eso que conocemos como enfermedad. La enfermedad es única y simplemente un correctivo: no es un castigo ni una crueldad; pero es el medio que adoptan nuestras Almas para señalamos nuestrafaltas, para evitar que sigamos cometiendo grandes errores, para evitar que se produzcan otros males, para llevamos de vuelta al sendero de la Verdad y la Luz, del cual nunca debimos habernos apartado.

La enfermedad es, en realidad, para nuestro bien, para nuestro beneficio, ya que podríamos evitarla si sólo tuviéramos el entendimiento correcto, combinado con el deseo de hacer el bien. Cualesquiera sean los errores que cometemos, éstos reaccionan sobre nosotros mismos, causándonos infelicidad, incomodidad o sufrimiento, de acuerdo a su naturaleza. El objetivo reside en enseñarnos el efecto perjudicial de una acción o un pensamiento equivocados; y, al producir similares resultados sobre nosotros mismos, nos muestra cómo causamos aflicción a los otros, lo que es contrario a la Grande y Divina Ley del Amor y la Unidad. Para la comprensión del médico, la enfermedad misma señala la naturaleza del conflicto. Quizá sea mejor ilustrar esto dando algunos ejemplos, para aproximarlos más a la idea de que no tiene importancia la enfermedad que se sufra, porque es la desarmonía entre uno y la Divinidad interior, y de que se está cometiendo alguna falta, algún error, que nuestro Yo Superior está tratando de corregir. El dolor es el resultado de la crueldad que causa dolor en los otros, ya sea mental o físico: pero podemos estar seguros de si se sufre dolor, al buscar en uno mismo se encontrará como causa alguna acción o pensamiento crueles presentes en nuestra naturaleza.

Quitémoslo y el dolor cesa. Si se sufre de alguna rigidez en las articulaciones o miembros, podemos estar igualmente seguros de que hay alguna rigidez en la mente, de que se está sosteniendo  rígidamente  alguna  idea,  algún  principio  o  convencionalismo  con  el  que  se  debe romper. Si se sufre de asma, o de dificultades respiratorias, se está de alguna manera asfixiando a otra persona, o se carece del valor suficiente para hacer lo correcto, sofocándose uno mismo. Si se malgasta, es porque se permite que alguien impida a la fuerza vital entrar en el cuerpo. Incluso la parte del cuerpo afectada indica la naturaleza de la falta. La mano, una falta o error en la acción; el pie, una falta de asistencia a los demás; el brazo, una falta de control; el corazón, deficiencia o exceso, o una actitud errónea en aspectos amorosos; el ojo, una falta de percepción, indicando que no se quiere ver la verdad colocada ante uno. Y así, igualmente, se puede averiguar la razón y naturaleza de una enfermedad: la lección que el paciente debe aprender y su necesaria corrección.

Demos una ojeada, por el momento, al hospital del futuro. Será un santuario de paz, esperanza y alegría. Sin prisas ni ruidos, enteramente libre de todos los terribles aparatos y artefactos de hoy, del olor a los antisépticos y anestesias, libre de toda cosa que sugiera enfermedad y sufrimiento. No se molestará el reposo del paciente para efectuar frecuentes tomas de temperatura, que se verá libre de los diarios exámenes con el estetoscopio y de punciones que le imprimen sobre la mente la naturaleza de su enfermedad. No se le tomará constantemente el pulso para sugerir que su corazón late con demasiada aceleración. Pues todas estas cosas evitan la misma atmósfera de paz y calma que es tan necesaria para que el paciente tenga una rápida recuperación. Tampoco habrá necesidad de laboratorios, pues el análisis microscópico de los detalles ya no tendn ninguna importancia, cuando se comprenda por entero que es el paciente el que debe ser tratado y no la enfermedad.

El objetivo de todas estas instituciones es tener una atmósfera de paz, de esperanza, de alegría y de confianza. Todo lo que haga será para estimular al paciente a olvidar su enfermedad, a esforzarse por mejorar; y al mismo tiempo a corregir cualquier falta de su naturaleza, a comprender la lección que debe aprender. Todo será estimulante y maravilloso en el hospital del futuro, de modo que el paciente buscará ese refugio, no sólo para aliviar su enfermedad, sino también para desarrollar el deseo de vivir mucho más en armonía con los dictados de su Alma de lo que ha hecho hasta ahora.

El hospital será la madre del enfermo; lo cogerá en sus brazos, lo tranquilizará y confortará, le dará esperanza, fe y valor para superar sus dificultades. El médico del mañana sabrá que él, por sí mismo, no tiene el poder de curar, pero que si dedica su vida a servicio de sus semejantes, a estudiar la naturaleza humana para poder, en parte, comprender su sentido; si desea, con todo su corazón, aliviar  el  sufrimiento,  y  renuncia  a  todo  para  ayudar  al  enfermo,  luego  puede  utilizar  su conocimiento para guiarlo, y el poder de curación para aliviar sus dolores. E incluso entonces, su poder  y  habilidad  para  ayudarlo  crecerá  en  proporción  a  la  intensidad  de  su  deseo  y  de  su disponibilidad para servir. Debe comprender que la salud, como la vida, es de Dios, y sólo de Dios, que él y sus remedios son simples instrumentos y agentes del Plan Divino para ayudar al sufriente a volver a la senda de la Ley Divina. No tendrá intes en la patología o en la anatomía rbida, pues su estudio será de la salud. No tendrá importancia para el médico que, por ejemplo, la insuficiencia respiratoria sea causada por el bacilo de la tuberculosis, el estreptococo o cualquier otro organismo: pero será muy importante saber por qué el paciente sufre de dificultades respiratorias. Tendrá poca importancia saber qué válvula del corazón está dañada, pero será vital descubrir de qué manera el paciente ha desarrollado equivocadamente aspectos de su amor. Los rayos X ya no serán utilizados para examinar la articulación artrítica, sino  que más bien  se investigará en  la mentalidad del paciente para descubrir la rigidez en su mente. La prognosis de la enfermedad ya no dependerá de los signos y síntomas físicos, sino en la habilidad del paciente para corregir esta falta y armonizarse con su Vida Espiritual. La formación del médico englobará un profundo estudio de la naturaleza humana, una gran percepción de lo puro y lo perfecto, y una comprensión del estado Divino del hombre, y el conocimiento de cómo asistir a quienes sufren, de manera que su relación con su Yo Espiritual vuelva a ser armónica y pueda llevar nuevamente concordia y salud a su personalidad.

Debe ser capaz, a partir de la vida e historia del paciente, de comprender el conflicto causante de la enfermedad o desarmonía entre el cuerpo y el Alma, y a dar el consejo y el tratamiento necesarios para el alivio del sufrimiento. También tendrá que estudiar la Naturaleza y sus Leyes: dialogando con Sus Poderes Curativos podrá utilizarlos en beneficio y provecho del paciente.

El tratamiento del mañana despertará esencialmente cuatro cualidades del paciente:

Primero, paz; segundo, esperanza; tercero, alegría; y cuarto, confianza. Todo el ambiente que le rodea, a como la atención que se preste al paciente, conducirán a este fin. Al rodear al paciente en una atmósfera de salud  y luz,  se  apoyará su  recuperación.  Al  mismo  tiempo,  los  errores  del paciente, luego de ser diagnosticados, le serán señalados, y ahora puede darle asistencia y apoyo para que pueda superarlos. Además de esto, estos maravillosos remedios, que han sido Divinamente enriquecidos con poderes curativos, serán administrados para abrir esos canales que más limitan la luz del Alma, de manera que el paciente pueda ser sacado a flote con la virtud curativa.

La  acción  de  estos  remedios  es  elevar  nuestras  vibraciones  abrir  nuestros  canales  para  la recepción de nuestro Yo Espiritual, hacer aflorar nuestra naturaleza con la particular virtud que necesitamos, y lavamos de la falta que causa el mal. Son capaces, como una música maravillosa, o cualquier otra cosa magnífica que nos inspire, de elevar nuestra naturaleza, acercamos a nuestra Alma y, precisamente a través de esa forma de actuar, nos traen la paz y el alivio de nuestros sufrimientos. No curan atacando la enfermedad, sino inundando nuestros cuerpos con las maravillosas vibraciones de nuestra Naturaleza Superior, en cuya presencia el mal se disuelve como la nieve bajo la luz del sol. Y, finalmente, estos remedios deben cambiar la actitud del paciente hacia la enfermedad y la salud. Se debe acabar para siempre con la idea de que el alivio de una enfermedad se puede comprar con oro o plata. La salud, como la vida, es de origen Divino, y sólo puede ser obtenida por Medios Divinos. El dinero, el lujo o los viajes pueden hacer que, de puertas para afuera, parezca que podamos comprar una mejoría de nuestro ser físico, pero todas estas cosas nunca nos proporcionarán la verdadera salud. El paciente del mañana debe comprender que él, sólo él, puede lograr el alivio de sus males, aunque pueda recibir consejo y ayuda de un hermano mayor que lo asistirá en su esfuerzo. La salud existe cuando hay armonía perfecta entre el Alma, la mente y el cuerpo; y esta armonía, sólo esta armonía, es lo único que debe ser obtenido para lograr la curación. En el futuro, ya no se sentirá el orgullo de estar enfermo; por el contrario, las personas se sentin avergonzadas de su enfermedad como de un crimen. Y ahora quiero explicarles dos condiciones que probablemente dan surgimiento a muchas más enfermedades en este país que cualquier otra causa. Son los dos grandes errores de nuestra civilización: la codicia y la idolatría.

La enfermedad nos ha sido, por supuesto, enviada como correctivo. Nos la vertemos por entero sobre nosotros mismos: es el resultado de nuestra errónea manera de pensar y actuar. Pero si podemos corregir nuestras faltas y vivir en armonía con el Plan Divino, nunca seremos asaltados por la enfermedad.  En  nuestra civilización  la  codicia se sobrepone a todo.  Es  la codicia por bienestar, rango, posición, por honores mundanos, comodidad, popularidad; sin embargo no es de ésta que debemos hablar, porque es, en comparación, inofensiva. Lo peor de todo es la ambición por poseer a otro individuo. Es cierto que esto está muy extendido entre nosotros, que lo consideramos como algo correcto y apropiado; sin embargo, esto no mitiga el mal, pues desear la posesión o influencia sobre otro individuo o personalidad es usurpar los poderes de nuestro Creador.

¿Cuantas  personas  podría  encontrar  entre  sus  amigos  o  familiares  que  sean  realmente  libres?

¿Cuántas no están atadas, influidas o controladas por otros seres humanos?

¿Cuántas de ellas podrían afirmar cada a, cada mes, cada año, que "únicamente obedecen a los dictados de su Alma y que le son indiferentes las influencias de otras personas"? Y, sin embargo, cada uno de nosotros es un Alma libre que solamente debe responder a Dios por sus acciones y, ¡ay!, incluso por sus pensamientos. Posiblemente la más grande lección de la vida es aprender a tener libertad. Libertad de las circunstancias, el ambiente, otras personas, y principalmente de nosotros mismos, ya que en tanto no seamos libres seremos absolutamente incapaces de darnos por entero y servir a nuestros semejantes. Analicemos ahora si sufrimos una enfermedad o cualquier otra penuria, si nos vemos rodeados por familiares o amigos .que molestan, si vivimos con personas que nos dominan y ordenan, que interfieren con nuestros planos e impiden nuestro progreso: todo es culpa de nuestro modo de obrar. Dentro de nosotros existe una tendencia a frenar la libertad del otro, o una ausencia de valor para proclamar nuestra propia individualidad, nuestro derecho a nacer. En el momento en que demos completa libertad a todo lo que nos rodea, cuando ya no sintamos deseos de atar y limitar, cuando ya no esperemos nada de los otros, cuando nuestro único pensamiento sea dar, dar y no tomar, entonces nuestras ataduras caen y romperemos las cadenas, y por primera vez en nuestras vidas conoceremos la exquisita alegría de la libertad perfecta.

Libres de todas las restricciones humanas, serviremos diligente y jubilosamente sólo a nuestro Yo Superior. Tanto se ha desarrollado el ansia de poder en Occidente, que se hace necesaria la aparición de graves enfermedades para que la gente reconozca el error y corrija su comportamiento; y de acuerdo con la severidad y el tipo de dominio de uno sobre otro, debemos sufrir en tanto continuemos usurpando un poder que no pertenece al hombre. La libertad absoluta es nuestro derecho de nacimiento, y solamente la podemos alcanzar cuando le concedamos esa libertad a cada Alma viva que aparezca en nuestras vidas, puesto que, en verdad, recogemos lo que sembramos, y que "Con la medida con que medís, seréis medido". Exactamente como interrumpimos en la vida de una persona, sea esta joven o anciana, eso debe repercutir sobre nosotros. Cuando limitamos sus actividades, encontraremos nuestro cuerpo limitado por la rigidez; si, además, les causamos dolor y sufrimiento, debemos preparamos para padecer lo mismo hasta que nos hayamos enmendados: no existe enfermedad, por severa que sea, que no sea necesaria para revisar nuestras acciones y alterar nuestras maneras.

Aquellos de ustedes que padezcan bajo el domino de otro, anímense, pues eso significa que han alcanzado la etapa en el avance en que se les enseñará a obtener la libertad: y del mismo dolor y el sufrimiento aprenderán a corregir las propias faltas; los problemas desaparecerán tan pronto cómo se hayan reconocido y corregido estos errores.

Para llevar esto a cabo es necesario practicar la más exquisita de las suavidades: nunca se puede herir de palabra o hecho a una persona. Pensemos que todas las personas trabajan para su propia salvación, aprendiendo durante la vida aquellas lecciones útiles para la perfección de su propia Alma; y lo deben hacer por mismas. Deben tener sus propias experiencias, aprender a sortear las trampas de la vida y, por su propio esfuerzo, encontrar la senda que les conduzca a la cima de la montaña. Todo lo que podemos hacer, cuando tenemos un poco más de conocimiento y experiencia que nuestros jóvenes, es conducirles suavemente. Si nos escuchan, muy bien; si no lo hacen, debemos esperar pacientemente hasta que posteriores experiencias les enseñen sus errores, y entonces quizá vuelvan a nosotros. Deberíamos aspirar a ser tan suaves, tan tranquilos, tan pacientemente útiles como para movemos entre nuestros semejantes como un soplo de aire o un rayo de sol; siempre listos para ayudarles si nos lo piden, pero nunca forzándoles seguir nuestros puntos de vista. Y ahora quisiera hablar sobre otro gran impedimento a la salud que es, hoy en a, muy común, uno de los grandes obstáculos que los médicos encuentran en su labor de curar. Un obstáculo que es una forma de idolatría. Cristo dijo: "No podéis servir a Dios y a las riquezas", y sin embargo, el servicio al dinero es una de las piedras con que tropezamos más a menudo. Había una vez un glorioso y magfico ángel, que se aparec a San Juan, y San Juan cayó de rodillas en adoración. Pero el ángel le dijo: "No te arrodilles ante mí, soy tu siervo, y el siervo de tu hermano. Adoremos a Dios". Y, sin embargo hoy, miles de personas no adoran a Dios, si siquiera a un ángel poderoso, sino a un ser humano. Puedo asegurarles que una de las mayores dificultades que debemos vencer es el endiosamiento a otro mortal. Qué habitual es esta expresión: "Debo preguntarle a mi padre, a mi hermana, a mi marido..."

¡Que tragedia! Pensar que un Alma humana, en el desarrollo de su evolución divina, deba parar a pedir permiso a sus compañeros de ruta, la humanidad, el mundo en su conjunto. ¿A quién cree que debe su origen, su ser, su vida... a un compañero de ruta o a su Creador? Debemos comprender que únicamente debemos responder de nuestras acciones, y de nuestros pensamientos ante Dios, y ante Dios solamente. Y, de hecho, estar influido, obedecer los deseos, o considerar los deseos de otro mortal es una verdadera idolatría. Su penalidad es severa, nos ata con cadenas, nos coloca en prisiones, confina nuestra vida; y eso es a porque no nos merecemos otra cosa, si obedecemos las órdenes de un ser humano, cuando todo nuestro ser debería obedecer una sola orden: la de nuestro Creador, quien nos dio la vida y el entendimiento. Pueden estar seguros de que los individuos que se sienten obligados con su mujer, sus hijos o su padre o sus amigos son idólatras, que sirven al dinero y no a Dios.

Recuerden  las  palabras  de Cristo:  "¿Quién  es  mi madre,  y quiéneson  mis  hermanos?",  que significa que cada uno de nosotros, por pequeño e insignificante que sea, está aquí para servir a nuestros semejantes, a la humanidad, al mundo entero, y ni siquiera por un instante debemos seguir los dictados y órdenes de otros seres humanos contra cuyos deseos sabemos se alzan las órdenes de nuestra Alma. Seamos los capitanes de nuestras Almas, seamos los maestros de nuestro destino (lo que significa dejar que nuestro yo sea gobernado y guiado por entero, sin dejarse dominar o guiar por ninguna persona o circunstancias, por la Divinidad interior), viviendo siempre de acuerdo con las leyes de, y respondiendo sólo a, el Dios que nos Dio la vida. Y ahora quisiera señalar un punto a su atención. Piensen siempre en la orden que Cristo dio a sus discípulos: "No resistáis al que es malo".  La  enfermedad  y  los  errores  no  se  conquistan  por  medio  de  la  lucha  directa,  sino remplazándolos por lo que es bueno. La oscuridad desaparece con la luz, no por una oscuridad mayor: el odio por el amor, la crueldad por la compasión y la piedad, la enfermedad por la salud.

Todo nuestro objetivo reside en reconocer nuestros errores y esforzarnos en desarrollar la virtud que se les opone, y a éstos se fundin igual que la nieve al sol. No luchen contra sus problemas, no batallen contra sus enfermedades, no combatan contra sus flaquezas; lo mejor es olvidar todo esto y concentrarse en el desarrollo de las virtudes necesarias. Y ahora, resumiendo, podemos reconocer la enorme importancia que tuvo la homeopatía en la lucha contra las enfermedades en el futuro.

Ahora es cuando hemos comprendido que la enfermedad en misma es lo semejante cura lo semejante, que nosotros mismos somos los culpables de la enfermedad, que ésta aparece para corregimos  y  para  nuestro  bien  último,  que  podemos  evitarla  si  aprendemos  las  lecciones necesarias, y si corregimos nuestros errores antes de sufrir una necesaria lección más severa. Esta es la continuación natural de la gran obra de Hahnemann. La consecución de esa línea de pensamiento que se reve a él, conduciéndonos un paso más adelante hacia la perfecta comprensión de la enfermedad y la salud, y esta es la etapa en que debemos superar el vacío entre lo que él de y el ocaso de hoy, hasta que la humanidad haya alcanzado el estado de progreso que le permita recibir directamente la gloria de la Curación Divina. El médico juicioso que escoja bien sus remedios de las benéficas plantas de la naturaleza, divinamente enriquecidas y bendecidas, será capaz de asistir a sus pacientes, de abrir aquellos canales que permitan una mayor comunión entre el Alma y el cuerpo, y a el desarrollo de las virtudes necesarias para eliminar todas las faltas. Esto llevará a la humanidad una esperanza de curación real, combinada con progresos mentales y espirituales.

Para los pacientes, será necesario que estén preparados para enfrentarse a la verdad, a saber que la enfermedad es única y exclusivamente debida al fruto de los propios errores interiores, al igual que el precio del pecado es la muerte. Tendn que tener el deseo de corregir sus faltas, a vivir una vida mejor y más útil, y a saber que la curación depende de sus propios esfuerzos, aunque puedan ir al médico para que los guíe y ayude en sus problemas. La salud no se puede obtener con oro, igual que un niño no puede comprar su educación: no hay ninguna suma de dinero capaz de enseñar a un alumno a escribir, debe aprender por mismo, guiado por un maestro experimentado. Y exactamente aes el comportamiento de la salud. Hay dos grandes mandamientos: "Ama a Dios y a tus semejantes". Desarrollemos nuestra individualidad de forma tal que podamos conseguir una completa libertad para servir a nuestra Divinidad interior y, únicamente, a esa Divinidad. Y demos a los demás absoluta libertad, y sirvámosles de la manera que podamos según los dictámenes de nuestra Alma,  siempre recordando  que aumenta nuestra propia libertad,  y ésta hace aumentar nuestra capacidad para servir a nuestros semejantes. Por esto debemos enfrentarnos al hecho de que somos los culpables de nuestro propio sufrimiento, y de que la única cura es corregir nuestras faltas. Toda verdadera curación aspira a ayudar al paciente a poner en armonía su Alma con su mente y cuerpo. Esto sólo lo puede hacer por mismo, aunque el consejo y la ayuda de un hermano experimentado pueda ser de gran ayuda para él. Tal y como Hahnemann lo expuso, toda curación que no parta del interior es inocua. Toda aparente curación del cuerpo obtenida por medios materiales, obtenida sólo por la acción de otras personas, sin autoayuda, puede ciertamente lograr un alivio físico, pero sin armonizar nuestra Naturaleza Superior, las lecciones quedarán sin resolver, y los errores no habn sido erradicados. Es horrible pensar en todo el conjunto de curaciones artificiales y superficiales obtenidas por medio del dinero y los métodos erróneos de la medicina, métodos erróneos porque simplemente suprimen los síntomas, dan un aparente alivio, sin eliminar la causa. La curación debe proceder de nuestro interior, y con el conocimiento y corrección de nuestros errores, al armonizar nuestro ser con el Plan Divino. Y dado que nuestro Creador, en Su misericordia, ha colocado ciertas hierbas Divinamente enriquecidas para asistirnos en nuestra victoria, busquémoslas y utilimoslas para mejor nuestra capacidad, para a escalar la montaña de nuestra evolución, hasta el día en que alcanzaremos la cumbre de la perfección. Hahnemann había reconocido la verdad de lo semejante cura lo semejante, que en realidad significa curar la acción errónea: la verdadera curación es un estadio superior a éste; el amor y todos sus atributos expulsan lo equivocado. En la correcta curación no debemos utilizar nada que alivie al paciente de su propia responsabilidad, debemos adoptar sólo los medios que le ayuden a superar sus errores. Ahora sabemos que ciertos remedios de la farmacopea homeopática tienen el poder de elevar nuestras vibraciones, dotándonos a de una mayor unión entre nuestros yo mortal y Espiritual, y sanando a través de esa gran armonía a producida. Y finalmente, nuestra labor es trabajar para purificar la farmacopea, y añadirle nuevos remedios, hasta que contenga sólo aquellos que son beneficiosos y edificantes.

Título original: Ye Suffer From Yourselves


Una persona infeliz, crea infelicidad


La situación es muy absurda. Los padres se siguen sacrificando por ti; el padre, la madre se sacrifican por ti. Ellos dicen: “Me estoy sacrificando por mis hijos”. Naturalmente se desquitan al decir esto porque mientras la madre se sacrifica por el hijo, ella está destruyendo su propia vida. Ella se desquitará. Lo dirá una y otra vez, lo dejará bien claro una y otra vez: “Me he sacrificado por ti. Conócelo bien, recuérdalo bien, que he sacrificado mi vida, mi juventud, todo, por ti”. Ella tratará además de persuadirte: “Haz lo mismo por tus hijos”. Entonces tú te sacrificas por tus hijos y luego les persuades para que hagan lo mismo con sus hijos…

En consecuencia nadie vive jamás. Una generación se sacrifica por la otra, y si no te sacrificas, entonces no eres respetado. Nadie te respeta, entonces eres un criminal. Si no te sacrificas por otros, entonces te dicen: “¿Qué estás haciendo? No eres una buena persona, eres inmoral. El sacrificio es bueno. Vivir para uno mismo es egoísmo”. Mira simplemente lo que esta gente ha estado diciendo: ser feliz es egoísta, sacrificarse es bueno. Pero al sacrificarte serás infeliz, y una persona infeliz crea infelicidad a su alrededor, y una persona infeliz se desquitará; nunca podrá olvidar, su vida ha sido destruída. Nos dicen que la mujer se tiene que sacrificar por el marido y que el marido se tiene que sacrificar por la mujer ¿Para qué? Ambos se sacrifican, por tanto, ambos pierden vida.

Yo enseño una vocación pura por uno mismo. Nunca te sacrifiques por nadie. Vive tu vida auténticamente y así nunca tendrás la necesidad de desquitarte ni sentirás rencor alguno contra nadie. Y una persona que no siente rencor contra nadie es una persona amorosa, compasiva, cordial, dadivosa. Y una persona que no siente rencor contra nadie –ni contra sus hijos, ni contra su marido, ni contra su esposa- es tremendamente hermosa. Crea un ambiente de felicidad alrededor de ella. Quienquiera que entre en contacto con ella comparte su felicidad.

Ocúpate de ti mismo.

Mira simplemente a los árboles. No hay un árbol que esté tratando de sacrificarse por otro árbol; consecuentemente, tienen verdor. Si empiezan a sacrificarse, ningún árbol tendrá verdor, ningún árbol florecerá jamás. Mira las estrellas. Se ocupan de sí mismas: brillan para sí mismas, no se sacrifican. De otra manera la existencia se volvería fea y oscura. El ocuparse de uno mismo es natural. Y ese “sí mismo” que estoy enseñando es lo que define el Tao: tu naturaleza. Escúchala, síguela. Tu naturaleza te está diciendo: “Se feliz”...

Vive para ti mismo y vivirás para todos los demás, pero éste no es un sacrificio. Vive para ti mismo. Se real, auténticamente dedicado a ti mismo; ese es el proceder de la naturaleza. Cuida de tu felicidad, de tu descanso, de tu vida, y te sorprenderás de que cuando te sientes feliz ayudas a otros a sentirse felices, porque entiendes, poco a poco, que si los otros se sientes felices tú te sentirás más feliz. La felicidad sólo puede existir en un océano de felicidad. No puede existir sola.


Osho, El sendero del Tao

miércoles, 27 de marzo de 2013

El Milagro de Curarnos. Dr. Fernando Callejón (Discípulo del Dr. Hamer)




En algún momento de nuestra vida, quizás no todos, pero sí la mayoría, sufrimos una enfermedad.
El concepto que tenemos sobre ella no es un pensamiento más. Es una creencia, la de estar poseídos por una fuerza que no nos pertenece y que nos ataca. Si bien esta creencia es universal, no todos la vivimos de la misma forma.

En occidente, ha sido reforzada por la presencia de un sistema médico que ha obtenido un gran poder que lo ha legalizado colectivamente.
Podemos decir que la enfermedad es un invento. Como la luz eléctrica. La luz siempre existió pero lo que hizo el hombre fue poder manejarla y eso le dio poder. El malestar orgánico o emocional siempre existió pero lo que hizo la medicina fue clasificarlo y eso le dio poder.

La creencia sobre la enfermedad no solo es la de una fuerza que nos ataca sino que a partir de esa clasificación, es la de una fuerza que un grupo de personas (los científicos-médicos) puede dominar. O por lo menos ostenta un saber sobre ella y puede ejercer influencia sobre su evolución. Esta influencia ha crecido desproporcionadamente en relación al saber.
Actualmente las llamadas enfermedades son desmesuradamente influenciadas por la acción médica sin que haya un saber que sustente lógicamente esa influencia. Se actúa sobre ellas sabiendo muy poco sobre el origen de la enfermedad y mucho menos sobre el sentido de la misma.

Pensemos en un simple resfriado. Se atribuye a un virus pero no se lo combate a él sino al resfriado. Se lo trata de abortar. Se usan antihistamínicos para que las secreciones disminuyan y muchas veces antibióticos porque se habla de alergias bacterianas o complicaciones infecciosas imposibles de comprobar.
Esta metodología que influencia el curso de la enfermedad se basa en la misma teoría que sostiene que el sol gira alrededor de la tierra; la observación superficial de un fenómeno sin preguntar nada sobre las características del objeto sobre el cual el fenómeno actúa.

Si la física dependiera de los médicos, hoy seguiríamos creyendo que a la mañana el sol está en el este porque a la tarde giró alrededor nuestro.
Pensemos en un tumor. Un pedazo de carne que sobra. Los métodos médicos que influencian su destino se basan en la misma teoría de observación superficial y de ausencia de preguntas sobre las características del sujeto enfermo. El pedazo de carne está de más y hay que eliminarlo. Si no se puede con cirugía, se arrasa con drogas o radiaciones.

Los físicos no manejan la medicina y los médicos terminan por creer que una resonancia magnética es una observación profunda. Se sigue observando el fenómeno y no la naturaleza ni el sentido del fenómeno.
Es así que ahora hay dos creencias: el malestar es una fuerza que viene de afuera y se puede influenciar sobre esa fuerza con un saber que se llama científico.

Volvamos al resfriado. Pensemos que quizás no es un virus el que lo produce (la fuerza externa) sino que es una de las formas que tiene el organismo de descargarse de una tensión que lleva demasiado tiempo acumulada. No hay fuerza externa. Los virus ya estaban y uno no se contagia de nadie sino que son ellos los que comandan esta forma de descargarse. Esto no significa que no haya virus extraños al organismo y éste intente rechazarlos porque no los reconoce. Los virus son cadenas de información y si traen una información extraña e irreconocible, el organismo se niega a aceptarla y se produce el rechazo de la misma.

Pero esto no es lo que ocurre en un resfriado común. Allí hay problemas territoriales y las mucosas se inflaman para obstruir las narinas y no respirar el mismo aire que el enemigo. Los bronquios expulsan moco para escupir al invasor. Los músculos duelen para retirarse de la lucha. Y allí los virus son excelentes colaboradores para generar este estado inflamatorio que si bien es molesto, logra que el ser vivo se aísle y recupere su bienestar.

La medicina en lugar de entender esto, ataca los síntomas para que el sujeto vuelva a la cadena de producción lo más pronto posible. Los médicos se comportan como aliados de un poder que exige productividad sin interesarse por la verdadera recuperación del cuerpo enfermo. El paradigma del agente externo como causa siempre presente de la enfermedad sirve a los mismos fines. Si hay un agente externo debe haber un poder que lo pueda combatir. Y ese poder es la científica medicina.

Quizás si esto hubiera quedado allí, tendríamos esperanzas de salir de esa trampa. Pero lamentablemente, la influencia de la acción médica sin un saber lógico que la sustente, generó tantos nuevos saberes vacíos, que estamos atrapados en una red que se retroalimenta de otras disciplinas y de otros saberes.
La religión, la filosofía, la psicología, aportan nuevos saberes a esta interminable creencia de la enfermedad como fuerza externa y a la existencia de un grupo que tiene un saber sobre ella.

Escuchamos conceptos que parecen valiosos: -Debemos aceptar la enfermedad si vamos a luchar contra ella.- -La enfermedad es poderosa pero más poderosa es la salud-. -La salud es el silencio de los órganos-. -La enfermedad es un mal que debemos saber combatir-. ¿Quién podría negar el valor de esas frases?. Sin embargo, no sirven de nada. Son saberes que se basan en una creencia vacía. Y no porque no se pueda defender esa creencia. Sino porque ya no sirve más.

En este contexto, nos han quitado la libertad de elegir. En la historia de la humanidad, siempre hubo bandos, romanos y griegos, árabes y españoles, buenos y malos, perversos y normales, nazis y judíos. El ser humano podía optar, aun cuando esa opción fuera equivocada. Ahora es imposible elegir ya que se trata de nosotros o los virus, enemigos invisibles que destruyen a todos, sin excepción.

Las organizaciones mundiales encargadas de la salud avisan que futuras pandemias son inevitables y elaboran mapas con colores cada vez más intensos y tenebrosos. La humanidad toda enfrenta al enemigo invisible y no hay opción. Por primera vez, en cientos de años, se está tomando conciencia que no es la tierra la que está en peligro sino esta especie que se ha creído excepcional y que ahora viene a enterarse que su desaparición es posible.
La génesis de Adán y Eva ya no calma los temores de una especie que ha inventado el concepto de enfermedad y ahora el concepto en sí mismo la está arrasando. La fuerza externa que nos viene a destruir supera ampliamente el saber autorizado del grupo de personas que la combate. El concepto se escapó de las manos y tiene vida propia. La gente ya no se muere de la enfermedad sino del miedo que el concepto inventado le genera. El miedo no da tiempo a que la enfermedad actúe y nos mate ya que crea por sí mismo una realidad mortal.

Así lo relata el cuento sufí: Un sabio sentado en la cumbre de una montaña, ve pasar una sombra y pregunta: ¿Quién eres?. La sombra le contesta -Soy la peste-. ¿Adónde te diriges? -A matar mil personas de ese poblado-. Bueno, ve y mata. A los pocos días, el sabio se encuentra con un hombre y le pregunta ¿De dónde vienes? - Huyo de aquel poblado que ha sido atacado por la peste y ha matado treinta mil personas- Bueno, ve y huye. A las pocas horas, vuelve a pasar la sombra y el sabio lo detiene. Oye tú, me has engañado, dijiste que matarías mil personas y has matado treinta mil. ¿Por qué?. La peste le responde- No es cierto, yo solo maté mil personas, el resto, murió de miedo.

Como médico he presenciado muchas veces el fenómeno de una persona que en pleno estado de salud y por hallazgos casuales (pruebas de rutina o un médico demasiado inquisidor) ha sido diagnosticada de un tumor en hígado, pulmón o mama. A los pocos días de ese hallazgo, el estado de salud había empeorado dramáticamente. He visto a algunas personas morir en poco tiempo luego del diagnóstico. Eso es miedo, no es cáncer. Ese es el concepto que se le ha escapado de las manos al grupo de científicos que ostenta el supuesto saber de la enfermedad. Y ese concepto se ha desbordado y ha creado una realidad autónoma entre otras cosas, porque se ha colectivizado. Se ha vuelto un saber popular.

¿Quién no ha escuchado alguna de las siguientes frases?: -El cáncer de páncreas, cuando te lo diagnostican ya es demasiado tarde-; -la quimioterapia te mata las células malas pero también las buenas-; -yo sé que me voy a morir, lo que no quiero es sufrir-; -nunca conocí a nadie que se salvara-; -la enfermedad avanza-; -hay que hacer algo- y tantas otras.
El saber colectivo sobre la enfermedad no se diferencia mucho del saber de los médicos, muchos de los cuales jamás se harían (y lo dicen públicamente) el tratamiento que le indican a los pacientes. Actualmente se escuchan muchas voces que cuestionan este concepto de la enfermedad pero la mayor parte de las veces son ignoradas, reprimidas o tergiversadas.

Es en este contexto que debemos dejar de pensar en nuevos instrumentos contra la enfermedad para comenzar a pensar en un nuevo concepto de la enfermedad.
Se gastan miles de millones de dólares en investigar y producir drogas cada vez más nocivas para la salud de la humanidad y no cesan de aparecer variantes de la misma enfermedad que no responden a esas drogas o las llamadas nuevas enfermedades sobre las que ni siquiera se tiene alguna droga con la que experimentar.
La ciencia se nota perdida y actúa sin lógica. Solo intenta sacarse de encima un problema inmediato sin pensar en las implicancias futuras de su proceder. No interactúa con el resto de la sociedad que mira azorada la injusticia del poder del que participa. El gobierno que invierte doscientos mil millones de dólares anuales en productos farmacéuticos es el mismo que gasta tres millones de dólares por minuto en armas, mientras deja morir quince niños de hambre en esa misma cantidad de tiempo. La ciencia médica usa el mismo presupuesto manchado de sangre e injusticia. Y en esa confusión trata a los virus con la misma filosofía del gobierno que la sustenta: usa armas mortales.

Es justamente ese nuevo concepto de la enfermedad, el que nos va a permitir salir del atolladero en el que el viejo concepto nos ha metido. Si luchamos contra la enfermedad, luchamos contra el mensaje que pretende curarnos. Cuando una mujer se nota un bulto en la mama, debe parar toda actividad y preguntarse qué le viene a decir ese bulto. Y si no lo sabe, debe recurrir a alguien que la ayude a interpretar ese mensaje. No debe salir corriendo en busca de ese personaje que detenta un saber sobre la enfermedad porque eso la cristaliza en el viejo concepto. Y a partir de allí, solo puede esperar que se instale una guerra en su cuerpo. Y el bulto no vino a declarar la guerra sino a evitarla. Y no es que no debe hacer nada o curarse psicológicamente. Debe instalar la paz en su vida porque el bulto así se lo está exigiendo. Y eso no es poco pero es mucho más de lo que la medicina pretende con su viejo concepto de instalar una guerra entre el cuerpo de esa mujer y-.el cuerpo de esa mujer.

Los poseedores del saber sobre la enfermedad se escandalizarán ante semejante propuesta. -¡No hay tiempo que perder!; ¡Si no actuamos ahora, su vida corre peligro!- Y comenzarán a citar estadísticas no solo fraudulentas sino aterradoras. Algunos optarán por hablar de los adelantos de la ciencia y nos citarán con absoluta seriedad, los anticuerpos monoclonales, los hibridomas y la fusión entre los linfocitos B y los tumores. Suenan orgullosos de saber tanto. Y es un saber vacío porque es eficaz contra el único mensaje que pretende curarnos. Pero además es un saber corrupto, montado en la sangre de millones de seres humanos, que en lugar de salvar sus vidas, las pierden definitivamente.
No es una lucha entre los que saben y los que no sabemos. Es una lucha entre dos conceptos; el de una humanidad que se destruye a sí misma y el de una humanidad que pretende sobrevivir.

La mujer del bulto en la mama deberá elegir y optar por quimioterapia, radioterapia y cirugía y así seguir avivando el viejo concepto que nos está destruyendo o podrá hacer un verdadero cambio en su vida y dejar de sufrir por su hija que la ignora o por su esposo al que no ama. En ese cambio, habrá entendido el mensaje de ese bulto que viene a decirle: -¡No pongas más el pecho!;
¡Deja de ser madre y acepta ser mujer!; ¡Libérate de ese hombre al que no amas!--¿Pero quién me da las garantías de que el bulto no crecerá o que sus células se irán a mi cerebro o a mis huesos?-, dirá la mujer envuelta en las informaciones científicas pero a la vez en la realidad de conocer a tanta gente que sigue ese camino. -Nadie-se le responde-absolutamente nadie-.
Desde el viejo concepto (la enfermedad como fuerza que nos destruye), se le citarán estadísticas sobre lo que le podría pasar si no hace lo que el grupo que sabe le dice que haga. Desde el nuevo concepto (la enfermedad como mensaje para sobrevivir), se le pedirá confianza en que si hace los cambios que debe hacer, se curará. No parece ser muy interesante la opción.

Es así que la mayor parte de la gente opta por intentar hacer las dos cosas o parte de ellas o casi ninguna de ellas. O lo que sucede con frecuencia, opta por el viejo concepto y cuando ya no obtiene respuesta de él, se vuelca al nuevo concepto. ¡Cuánto miedo!
Filosóficamente, cualquiera de estas opciones viola uno de los principios en los que se funda la realidad, el de la no contradicción: -Una cosa no puede ser y no ser a la vez-. Llamativamente, buena parte de los médicos del viejo concepto están apoyando estas opciones como si con ello colaboraran con la salud del paciente.
Sin embargo, esa es la realidad. El psicoterapeuta Mario Litmanovich dice claramente -¡Necesitamos médicos sin miedo!; esa es la única manera de salir del atolladero-. Creo también que necesitamos pacientes sin miedo.

Es desde este lugar que proponemos el milagro de la curación. Milagro viene del latín y su origen es asombrarse. Curación proviene de cuidado. De eso se trata. El asombro de cuidarnos. De protegernos, de no quedarnos solos y sentir miedo. Allí aparece el asombro. Todos estamos entrelazados y somos la humanidad. No somos el paciente enfermo. Somos la humanidad enferma. Y entonces aparece el cuidado. La necesidad de tratarnos como almas, no como cáscaras.

El médico alemán Hamer repetía en sus seminarios una presentación que siempre culminaba con una frase: -Necesitamos médicos de manos calientes que hagan de la medicina un acto sagrado-. Allí estaba el centro de su propuesta. Sagrado siempre es citado como originado en sacrificar pero el sacre es un ave de rapiña. Y así se llamaba al halcón en épocas antiguas. Un ave sagrada cuyas uñas retorcidas le permiten sobrevivir hasta que madura y se vuelven inútiles. Allí debe tomar la decisión de arrancárselas con el pico si pretende sobrevivir. Si lo hace, vive una nueva vida, una nueva oportunidad de ser joven y sagrado.

El milagro de curarnos es eso. Volver a nacer fuera de nuestros roles y percibirnos como almas que se relacionan con almas. Dejar de ser hijos, esposos, madres, padres, médicos, abogados, exitosos, fracasados o perversos. Y renacer como almas con cuerpos que son usados, no descuidados. Para ello, estamos acá. No para descubrir vacunas sino para tomar conciencia. De lo que somos y hacia dónde vamos.

martes, 26 de marzo de 2013

Como borrar memorias con Ho'oponopono

Un breve video del Dr. Len. La imágen no es del todo buena, pero es suficiente para que, en poco tiempo, explique un concepto fundamental del Ho'oponopono: como las memorias son las únicas causantes de todo lo que nos pasa.




"Ho'oponopono María José Cabanillas en XI Congreso de Ciencia y Espiritu

Un interesante video de esta terapeuta, presentando en España. Siempre es bueno refrescar los conocimientos acerca de este sistema sanador.

Paz, más allá de todo entendimiento.

Raúl.




martes, 12 de marzo de 2013

Informe del gobierno suizo: la homeopatía es eficaz y económica




El mayor estudio jamás realizado por un organismo oficial sobre la homeopatía llega a la conclusión de que la homeopatía no sólo funciona, sino que es más económica que la medicina convencional.

por Dana Ullman

El Gobierno suizo tiene tras de sí una larga historia de neutralidad y quizás por este motivo los informes de este Gobierno en temas controvertidos deben tenerse más en cuenta que otros informes de países que están más influenciados por las actuales circunstancias económicas y políticas.
Cuando se sabe que dos de las cinco empresas más importantes de fabricación de medicamentos tienen su sede en Suiza, se podría pensar que este país tiene mucho interés en la medicina convencional, pero tal supuesto nos lleva a error.
A finales de 2011 se publicó un informe del Gobierno suizo sobre Medicina Homeopática, representando la evaluación más completa que sobre la Medicina Homeopática haya publicado un Gobierno, y recientemente ha aparecido en forma de libro en inglés (Homeopathy in Healthcare: Effectiveness, Appropriateness, Safety, Costs. Bornhoft y Matthiessen, Springer). Este informe afirma que el tratamiento homeopático es eficaz y rentable y que debiera estar incluido dentro del programa nacional de salud de Suiza.
Las investigaciones del Gobierno suizo sobre homeopatía y los tratamientos complementarios y alternativos, responden a una alta demanda y el uso generalizado en Suiza frente a la medicina convencional, no sólo por parte de los consumidores, sino también por parte de los médicos. Aproximadamente la mitad de la población de Suiza utiliza tratamientos de medicina complementaria y alternativos y los valora. Y además, aproximadamente la mitad de los médicos suizos consideran los tratamientos complementarios y alternativos eficaces. Quizás lo más importante es que el 85% de la población suiza prefiere terapias de este tipo y que formen parte del programa nacional de salud.
Desde 1998, el Gobierno de Suiza decidió ampliar su sistema nacional de salud incluyendo ciertas medicinas complementarias y alternativas, incluyendo la medicina homeopática, la medicina tradicional china, la medicina herbaria, la medicina antroposófica y la terapia neural. El reembolso de los gastos de estos pacientes fue una medida provisional, mientras el Gobierno suizo encargó un estudio para determinar si eran eficaces y rentables. El reembolso provisional de estos tratamientos alternativos finalizó en 2005, pero como resultado de este estudio, el programa nacional de salud ha comenzado de nuevo a reembolsar los tratamientos homeopáticos y otros tratamientos alternativos. De hecho, como resultado de un referéndum nacional, más de los dos tercios de los votantes apoyaron la inclusión de las medicinas alternativas y homeopáticas dentro del programa nacional de salud (Dacey, 2009Rist, Schwabl, 2009).

Gobierno suizo: Evaluación de tecnologías sanitarias

La Evaluación de tecnologías sanitarias en la medicina homeopática es con mucho el informe más amplio que un Gobierno haya publicado hasta la fecha. No sólo este informe revisa con detenimiento y de forma global los ensayos clínicos a doble ciego aleatorio y controlado mediante placebo de los medicamentos homeopáticos, sino que también se ha evaluado su “efectividad en el mundo real”, así como la seguridad y la relación entre el coste y la efectividad. El informe también lleva a cabo una revisión integral de las investigaciones preclínicas (investigaciones fisico-químicas, estudios botánicos, estudios en animales e in vitro con células humanas).
Y aún hay más, este informe evalúa las revisiones sistemáticas y los meta-análisis, estudio de los resultados e investigación epidemiológica. Esta amplia revisión evalúa cuidadosamente los estudios realizados, tanto por la calidad de su diseño como por su ejecución (lo que se llama validez interna) y cómo se lleva a la práctica común homeopática (validez externa). El tema de la validez externa es de gran importancia debido hay científicos y médicos que realizan estudios sobre homeopatía y no tienen ningún conocimiento de este tipo de medicamentos (algunos estudios muestran que ciertos medicamentos homeopáticos se utilizan muy poco para la realización de pruebas, mientras que otros utilizan medicamentos que no están indicados para ciertos pacientes). Cuando estos estudios mostraron que la medicina homeopática no funcionaba, una evaluación precisa indicaba que dichos estudios habían sido diseñados para refutar la homeopatía… o simplemente, el estudio fue un ensayo exploratorio que buscaba evaluar los resultados de un nuevo tratamiento (ensayos exploratorios de esta naturaleza no están destinados a probar o refutar los medicamentos homeopáticos, sino sólo para evaluar el tratamiento para una persona en una situación específica).
Después de la investigación básica preclínica y los estudios de alta calidad, el informe del Gobierno suizo afirma que los medicamentos homeopáticos de “alta potencia” parecen inducir efectos reguladores (por ejemplo, el equilibrio o normalización de los efectos) y cambios específicos en las células y organismos vivos. El informe también señala que 20 de las 22 revisiones sistemáticas de la investigación clínica prueba que los medicamentos homeopáticos marcan una tendencia a favor de la homeopatía” (Bornhöft, Wolf von Ammon, et al, 2006).
El informe suizo encontró evidencias que apoyan el tratamiento homeopático de las infecciones de las vías respiratorias y las alergias respiratorias. El informe cita 29 estudios sobre “Infecciones del tracto respiratorio superior y reacciones alérgicas”, de los cuales 24 de ellos ofrecen un resultado positivo a favor de la homeopatía. Además, seis de los siete estudios controlados que compararon el tratamiento homeopático con el tratamiento médico convencional, mostraron que la homeopatía es más eficaz que las intervenciones médicas convencionales (el estudio encontró otro tratamiento homeopático equivalente al tratamiento médico convencional). Todos estos resultados del tratamiento homeopático no acarreaban los efectos secundarios comunes en el tratamiento farmacológico convencional. Al evaluar sólo los ensayos aleatorios controlados con placebo, 12 de los 16 estudios mostraron un resultado positivo a favor de la homeopatía.
Los autores del informe del Gobierno suizo reconocen que una parte de la revisión general de la investigación incluye revisiones negativas de la investigación clínica homeopática (Shang, et al, 2005). Sin embargo, los autores señalaron que esta revisión de la investigación ha sido ampliamente criticada tanto por los defensores como por los detractores de la homeopatía. El informe señala que el equipo de Shang ni siquiera se adhiere a las directrices de QUÓRUM, que son ampliamente reconocidas como normas para la información científica (Linde, Jonas, 2005). El equipo de Shang evaluó inicialmente 110 ensayos clínicos homeopáticos y luego trató de compararlos con 110 ensayos médicos convencionales. Shan y su equipo determinaron 22 estudios homeopáticos de alta calidad, contra sólo 9 de alta calidad en el ámbito de la medicina convencional. En lugar de comparar estos ensayos de alta calidad (lo que habría dado un resultado positivo para la homeopatía), el equipo de Shang fijó criterios que ignorasen la mayoría de los estudios homeopáticos de alta calidad, con lo que daba apoyo a su hipótesis original y establecía prejuicios en torno a que los medicamentos homeopáticos no son efectivos (Lüdtke, Rutten, 2008).
El informe suizo señala también que David Sackett, médico canadiense que es considerado como uno de los pioneros en la “medicina basada en evidencias”, ha expresado su profunda preocupación ante los investigadores y médicos ya que se considera que sólo los ensayos clínicos y a doble ciego son el medio para determinar si un tratamiento es efectivo o no. Para hacer esta afirmación, habría que reconocer que prácticamente todos los procedimientos quirúrgicos son poco científicos o no probados, porque muy pocos han sido sometidos a ensayos aleatorios a doble ciego.
En mi opinión, para que un tratamiento se considere efectivo o probado científicamente, se requiere de una evaluación mucho más completa de lo que se suele hacer. En última instancia, el informe del Gobierno suizo sobre la homeopatía representa una evaluación de la misma, incluyendo una evaluación de los ensayos clínicos aleatorios de doble ciego, así como otras evidencias, todos los cuales en su conjunto conducen a determinar que los medicamentos homeopáticos son efectivos.
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Texto original aparecido en The Huffington Post.


¿Qué es la Homeopatía?
Descubierta al final del siglo XVIII, gracias a las observaciones y experimentos del Doctor Samuel Hahnemann, la homeopatía se basa en una realidad biológica, ya conocida por Hipócrates, la ley de similitud: “Toda substancia capaz de provocar síntomas patológicos en un individuo sano, es capaz, a dosis infinitesimales, de tratar esos síntomas en un individuo enfermo”.
Este conocimiento exacto de la similitud entre el medicamento y la enfermedad, justifica el objetivo, específico de la Homeopatía, de individualizar al enfermo y su tratamiento, utilizando las capacidades de reacción de cada persona.
Aplicando estos principios, la homeopatía utiliza substancias orgánicas, minerales y vegetales para estimular las defensas inmunitarias del organismo. De este modo, el cuerpo puede movilizar sus defensas propias, en contra de los agentes patógenos, virus y bacterias, y recuperar su equilibrio, desestabilizado por las agresiones de la vida moderna (estrés, contaminación, etc.).
La homeopatía se fundamenta en dos leyes: ley de la similitud o ley de los semejantes y la ley de la infinitesimalidad.
En homeopatía, y especialmente en enfermedades crónicas, el objetivo es ir más allá del alivio de los síntomas que van apareciendo, se busca ayudar al paciente a restablecer globalmente su equilibrio natural. Para ello, el médico homeópata en la consulta tendrá en cuenta, además de los síntomas o problemas de salud que presenta el paciente, su constitución física y su forma de reaccionar y sensaciones frente a la enfermedad, además de factores de mejoría o de empeoramiento. Por eso se dice que el tratamiento, en homeopatía, es más personalizado.


Homeopathy in Healthcare: Effectiveness, Appropriateness, Safety, Costs. Gudrun Bornhöft, Peter F. Matthiessen (eds). Springer.
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Este volumen incluye el informe completo de la Evaluación de tecnologías para la salud en lo que dice relación a la efectividad, pertinencia, seguridad y costos de la homeopatía en la salud. El informe fue solicitado por las autoridades suizas a fin de tomar decisiones informadas en relación a la inclusión de la homeopatía en la lista de servicios cubiertos por los seguros de salud. Otros estudios llevados a cabo como parte del Programa de evaluación de medicinas complementarias suizo han causado reacciones mezcladas debido a su enfoque exclusivamente cuantitativo y esquemático con resultados negativos para la homeopatía. El presente estudio, como contraste, ofrece una evaluación diferenciada de la práctica de la homeopatía en el cuidado de la salud y confirma que la homeopatía ofrece una contribución valiosa a la medicina convencional, algo que ya sostenido por largo tiempo en la práctica del cuidado de la salud.


Dana Ullman, es el principal portavoz de la Asociación Americana de Homeopatía. Es autor de 10 libros, incluyendo La revolución homeopática: ¿por qué la gente famosa y los héroes culturales eligen la homeopatíaMedicamentos homeopáticos para niños y bebés; Descubriendo la homeopatía, y Guía de los medicamentos Homeopáticos para todos. Dana vive y escribe en Berkeley, California.